14 octubre, 2009

Café flambeado


Aunque fue hace ya años y mucho ha llovido desde entonces, nada me ha impedido seguir recordando ese momento con total y dolorosa nitidez. Esa clase instantáneas en que todo se te graba a fuego, hasta el más insignificante detalle de la pequeña habitación en la que te encuentras.

El niño pequeño, riendo entre el alboroto de sus compañeros, tiembla de emoción ante un cambio inesperado en su rutina escolar. Hoy por fin podrán volver a los laboratorios del colegio, donde todo huele a plástico y a sustancias misteriosas. Fusión y sublimación, la combustión, los efectos del calor, forman parte de la lección de aquella semana.

El profesor, vigilante, entrega el material a cada grupo de niños. De tres en tres los niños se miran entusiasmados toqueteando los instrumentos con sus pequeñas manos. Algunos objetos ya los conocen, pues los han usado en otras ocasiones, en cambio otros son totalmente nuevos.

Como ejemplo para la clase el profesor de Ciencias Naturales llama a uno de los chiquillos a su lado. Será su ayudante. En sus pequeñas manos, nervioso, el chaval sostiene unas pinzas largas y, entre ellas, un trocito de metal blanquecino de aspecto frágil. El profesor, sujetando con una de sus grandes manos de adulto las de la pequeña criatura, acerca una llama al pedazo metálico. Inmediatamente el calor que desprende el mechero incendia literalmente el trozo de metal, haciendo que éste relumbrara con fuerza durante breves instantes.

- Esto que veis es el magnesio - dijo el profesor, comprobando que todos sus niños se habían quedado extasiados mirando aquella luminosa demostración - Ahora le toca el turno al plomo.

El niño no puede contener la emoción y se imagina en uno de esos grandes laboratorios, como los que ve en las películas, inventando una máquina portentosa o un monstruo increíble.

El compañero de al lado sostiene las pinzas con dificultad. Parece que el instrumento resbala entre sus dedos, pero aún así lo mantiene recto, poniendo cara de esfuerzo. Entonces él, con la cara henchida, acerca, como hiciera su maestro hace pocos segundos, la llama al metal. El efecto no tarda en hacerse notar. El plomo enrojece con rapidez y se dobla sobre sí mismo. Una reacción interesante cuanto menos.

- Bien - dice el profesor levantando la voz para ser oído sobre el jolgorio de los niños - ya es suficiente, dejad todo sobre la mesa.

Pero él no hace caso. No quiere ver sólo como se derrite el plomo. Él quiere que arda como el magnesio, que brille como aquél. Acerca la llama y la mano con ella. El plomo, presa del calor, no puede con su alma y cede ante su propio peso. Una gota ardiente cae y va a parar al dedo del niño. El niño mira el dedo y mira aquella gota al rojo vivo que se extiende sobre él. Aún mantiene la cara de expectación durante breves segundos antes de tornarla en una mueca de dolor. De dolor intenso.

Después de años aún sigo teniendo miedo al fuego y a su mordisco. Ni con pinzas ni con guantes soy capaz de acercarme a una sartén hirviendo sin temblar de arriba a abajo. Quemarse duele y mucho. Deja marca. Un marca difícil de borrar. Duele incluso más pasado el tiempo, cuando la herida cicatriza, pero la quemazón va por dentro.

Pero aunque tengo un miedo atroz a las llamas (hay quien lo llamaría directamente fobia o pirofobia) no por eso dejo de acercarme al fuego cuando tengo frío, cuando me reúno con los míos alrededor de la hoguera y cuando mis hermanos necesitan llevarse algo caliente a la boca. Tengo miedo, pero intento no dejarme llevar por él. Lucho contra ello cuando me enfrento al calor de una llama como cuando voy a dar un salto de fe dejándome caer al vacío.

El secreto de los valientes tiene dos caras: o nunca mencionar los propios miedos o, si se hace, enfrentarse a ellos como si no se tuviera miedo alguno. El cobarde no es quien tiene miedo (pues entonces todos pecamos de cobardes), sino el que se deja llevar por ellos.

6 comentarios:

aLba * dijo...

hay muchos tipos de cobardes....

Salze dijo...

Llámame cobarde, pero yo sí tengo miedo. Me quemé una vez y no quiero que se repita. No así... Duele hasta en el alma, y más si sabes que podías haberlo evitado, que es tu culpa...

Ahora tengo miedo. Al fuego y a todo lo que se le parezca. Por eso perdona si mantengo las distancias... será instinto...

Aún así [...] más que a nadie.

OjosMiel. dijo...

Está claro que si queremos seguir aquí debemos ser valientes. En el fondo creo que todos lo somos. Como digo, hay que serlo para enfrentarse a la vida.

Parpadee dijo...

PARA ALBA*:
Uno por cada tipo de miedo.

Un saludo. :)

Parpadee dijo...

PARA SALZE:
Todos tenemos miedo. Yo se lo tengo al fuego, como tú.

Pero cobardes no seremos hasta que no nos dejemos llevar por él.

Se puede ser valiente y cobarde tantas veces al día como minutos tiene éste.

[...]

Parpadee dijo...

PARA OJOSMIEL.:
Todo el mundo es capaz de admitir que es cobarde alguna vez, pero pocos los que admiten ser valientes de cuando en cuando.

Somos valientes por el simple hecho de vivir cada día, de no dejarnos llevar por los mil y un miedos que podrían agarrotar nuestro corazón.

Mucha razón, como siempre. ;)