
Pocas veces en la vida se te dan oportunidades tales que te sirvan de algún modo de empujón para avanzar. Oportunidades que te sacan de esa apatía vital en la que, en ocasiones, te encuentras inevitablemente sumido, y que no te deja levantar la cabeza ni ver el horizonte con claridad.
Y es la vida quien ofrece estos salvavidas, pero sólo nuestra es la opción de agarrarse y tirar del cable. No es posible crecer, hacerse más grande (que no mayor), si no hay una firme decisión por nuestra parte. Y yo pienso agarrar esta ocasión por los pelos, pues a la suerte (como a su madre) la pintan calva. No soltaré la cadena hasta verme en camino y con velocidad constante, aunque para ello deba vaciar mis bolsillos y mi corazón en el intento.
Y aunque esto pueda parecer una letanía motivadora, de nada sirve si con nosotros no llevamos nuestros propios pasajeros. Si crecemos, pero no hacemos crecer a los demás todos nuestro esfuerzos caerán en nada. Como si fuese un jardín, un árbol que se eleva demasiado deprisa sobre los demás ahoga con sus raíces a las plantas de alrededor. Y, como árboles, necesitamos crear un bosque en el que poder ser nosotros mismos.
Aquí el que no crece se hace más pequeño.



